12 May Cultivar la compasión
En esta idea de que no estamos solos en el mundo, sino que formamos parte de la sociedad, reflexionamos ahora sobre uno de los sentimientos que, más que ningún otro, nos hace salir de nosotros mismos para acercarnos a los demás. La compasión es un ejercicio de autotrascendencia, de salir de nosotros mismos y dejar de mirarnos el ombligo.
La compasión es un sentimiento humano que se manifiesta a partir y comprendiendo el sufrimiento de otro ser. Más intensa que la empatía, la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento. Los budistas la denominan “piedad cuidadosa”. Sentimiento de piedad que procura el cuidado y alivio de la persona que sufre. Me gusta esta forma de entenderlo y vamos a partir de este concepto en nuestra reflexión. Hasta tal punto es importante para el budismo que escuchamos esta frase del Dalai Lama: “Si usted quiere que los demás sean felices, practique la compasión. Si quiere ser feliz, practique la compasión”.
Vamos más allá de la empatía que conocemos e intentamos practicar, el entendimiento del otro desde su propia perspectiva, puesto que la compasión entiende y procura alivio, o al menos lo desea. Sin embargo, es importante intentar experimentar el sufrimiento o emociones desde su perspectiva, lo que significa ponerte en los zapatos de la otra persona. No hay deseo de alivio si no partimos de la comprensión profunda. No es lo habitual, porque normalmente vivimos en nuestro propio mundo y tan preocupados por nuestros problemas personales que no solemos tener en cuenta a los demás y mucho menos caemos en la cuenta de que nos necesitan.
La compasión a la que ahora dedicamos tiempo se aleja mucho de lo que lo normalmente se conoce como “compadecerse”, que suele tener mucho más que ver con sentimientos de pena y solidaridad. La misma palabra nos da muchas pistas de lo que queremos conseguir: “pasión con”, sentir como propio el sufrimiento de los demás, pero si hasta ahora lo entendemos de forma más bien pasiva, esta nueva mirada nos invita a poner en marcha nuestros recursos para ser activos ante el padecer ajeno. El mismo Dalai Lama la define con claridad: “La compasión es el deseo de que los demás estén libres de sufrimiento”.
Las cualidades de la compasión, según Gibert (Gibert, 2015) son:
- Sabiduría: Conocer la naturaleza humana y la realidad de la vida. La sabiduría, en este momento, consiste en conocer al ser humano, porque desde el conocimiento del hombre y la vida podemos cultivar en nosotros este sentimiento. Y sabemos que la vida no tiene sólo un ángulo desde el que puede ser vista, que es pluridimensional. Y ya el hecho de aceptar e interiorizar esto nos prepara para entender, comprender y padecer con los demás.
- Fortaleza: Partimos de que tenemos capacidad para sobrellevar el sentimiento y el dolor, propios y ajenos.
- Calidez: Relacionado con el consuelo, con la vinculación y con ser capaces de transmitir seguridad.
- Actitud libre de juicios: Que nos lleva a no condenar y a no forzar. Respetamos el momento y la situación que vive la otra persona. Si nuestra compasión parte de un enjuiciamiento, no se tratará de compasión.
Es muy importante que os lo propongáis. Cuando conscientemente establecemos esta intención, es más probable que recordemos y que pensemos en términos compasivos y que forme parte de nuestra rutina. Si quieres educar a tu hijo en la compasión, enséñale primero a fijarse en los puntos en común que tiene con otras personas. Todos somos seres humanos. Cada vez (o, al menos, con frecuencia) que, en las conversaciones, se refiera a algún amigo, a alguien nuevo que ha conocido,…. Intenta que hable de las cosas que tienen en común. Porque así le preparas para ser compasivo.
Puedes ayudarle también a planificar pequeñas acciones a favor de los demás. Prestar ayuda a quien lo necesita, buscar la oportunidad de echar una mano cuando pueda,… Siempre hay algo que se puede hacer para hacer la vida más agradable a los demás, para aliviarles. Una palabra de ánimo a un compañero que no se siente bien, un donativo para alguna buena causa, donar los juguetes que no usa a otros niños,… siempre podemos hacer algo. No hacen falta grandes gestos, sino simplemente darse cuenta, en el día a día, de las cosas que podemos hacer para mejorar la forma en que se sienten los demás.
Otra sugerencia es practicar juntos la amabilidad. Haced cada día algo para ayudar y terminar el sufrimiento de los demás, incluso haciendo algo pequeño. Sonreír, decir una palabra amable, tener un detalle, hablar con alguien que tiene problemas… cualquier cosa que le enseñe a demostrar el amor a los demás es un paso hacia la compasión tal como la estamos entendiendo. Procura estar atento a los actos de bondad que tus hijos realicen y elógialos. Dicho de otra manera, refuerza su comportamiento natural de compasión, porque con el refuerzo lograrás que lo repita. Los niños son sensibles al sufrimiento, más que muchos adultos y hacerles ver que entenderlo y aliviarlo es el buen camino en su educación
Enseña a tu hijo a perdonar, porque el perdón es una forma de demostrar la compasión con los otros y aliviar el posible dolor que pueda sentir por la culpa. Se generoso en el perdón y enseña a serlo. El perdón libera al que lo da y al que lo recibe. Es necesario, también, ser indulgente consigo mismo y mostrarse auto-compasión. Si no empiezo por mí mismo, no podré extenderla a los demás. No dejes que tu hijo sea excesivamente duro consigo mismo, que se critique implacablemente. Para ello, no lo hagas tú, ni contigo ni con él. Sentir compasión por uno mismo es darse la oportunidad de cambiar y actuar para sentirse mejor.
Puedes jugar con ellos o con sus muñecos a representar situaciones en que aparezca alguien que lo está pasando mal. ¿Cómo se sienten? ¿qué sentimiento se despierta en ellos? ¿desean hacer algo para remediarlo? ¿qué piensan que pueden hacer? Lo mismo puedes hacer con los dibujos o películas que vean o los libros que lee, intentando sensibilizarles con el sentimiento de los demás y favoreciendo su propio interés en mejorar la situación de los que lo están pasando mal.
Desde el budismo se propone la meditación sobre la compasión para acrecentar en nosotros ese deseo. Sin entrar, salvo que tengamos especial interés en hacerlo, en detalles de esta forma de meditación, sí aprendemos algo: cuando dedico unos minutos al día a intentar ser compasivo, a pensar y desear la felicidad de todo el mundo, cuando hago un esfuerzo consciente por meditar sobre ello, preparo mi cerebro para reaccionar en los momentos en que se presenten ocasiones para hacerlo. Hay una base científica que demuestra el incremento de compasión y de pasar a la acción tras haber meditado sobre el deseo de hacerlo. Los caminos neuronales se inician para luego recorrerlos.
El camino hacia una compasión como “piedad actuante”, como paso para recorrer la distancia que nos separa del sufrimiento de los demás, está iniciado. De nuestro ejemplo, como siempre, y de nuestra dedicación, depende que nuestros hijos se muestren compasivos con los demás. Es la forma de iniciar un cambio en el mundo.
Miguel Ángel Conesa, de mi libro «Hacia el Sentido».